Fueron amontonándose libros en una esquina de la habitación, como la suciedad de los días como un ejército derrotado, apenas caía la tarde.
El perfume de las páginas leídas ha ido dibujando en el lecho un fulgor de oro y miseria; escombros de marfil. Ha caído la noche como un animal salvaje y herido. Ecos desheredados de cumbres resuenan en las paredes; la voz lenta y el lamento (de los) que nunca leeremos.
Así la esencia perdida de tanta flor desangrada, fulgor último de la tarde. Los libros se condenan al olvido inmediato de la memoria, y los cristales en nuestras manos hieren como una culebra de agua mostrada al sol.
Es bruma y silencio lo que reina en la habitación, es teatro todo lo que ondea tras los visillos, y no aire.
Sobre la cama nuestro cuerpo descansa como un ejército derrotado sin batallar.
Espero
no tener nunca que caminar por los desiertos,
perdido
por aquellas soledades derrumbadas de cielo y de tierra.
Ni
verme el rostro reflejado en el cristal oscuro de un charco
sediento
de miradas de narcisos ahogados,
sino
clavarme las afiladas lenguas de las lunas caídas.
Ni
beber el frío de la noche
para
saciar así el infierno de todos los mediodías de mi
vida.
No
tener nunca que decidir
por
la espada terrible de la lucha o
el
muro de las lamentaciones y de los llantos amargos.
Sentir
la dicha de no ser nadie,
de
no tener a nadie,
de
no sentir el peso del tiempo ni de los paisajes que habiten
los
silencios de lo que yo sea, o no sea...
No
ser; y morir en paz,
a
la sombra de una chopera olvidada,
con
el susurro de un riachuelo que cante sin cesar
y
la compañía de todas las noches del resto de mi vida,
escuchando
feliz y descuidado aquella canción que repite sin cesar:
Midnight
at the Oasis...Midnight at the Oasis...
vaya banda de pedetes, aún estoy esperando textos nuevos a los que machacar con palabras hirientes como puñales de fuego hu, hu, hu o es que estáis acongojados?????
yo os presento un relatillo escrito hace años, cuando la pubertad ensombrecía tras los velos de la madurez...hu, hu, lloro de nostalgia...gozad MALDITOS...
Los pájaros
Al reclamo de las voces femeninas, acudíamos todos inevitables. Nos postrábamos siempre bajo las ventanas de las casa señoriales riendo, chistando y pavos, atentos solamente a los placeres sonoros de la risas, los cuchicheos y los silencios delatados en aquel verano infinito.
Arrodillados como penitentes en la moqueta hormigoneada de las aceras, acechábamos aquellas voces con la liturgia de los usurpadores de tesoros. Al final siempre mudos, sombríos y rebosantes de pudor, esbozando una sonrisa hueca y oculta entre las manos cuando creíamos haber descifrado nuestro nombre entre tanta dulce maraña de voces o cantos de sirena.
En aquellos días siempre solía caer la tarde, y nuestros ojos lloraban todas las meriendas y todos los partidos de fútbol perdidos por culpa de aquellas vocecitas agudas, brillantes y hechiceras, resignados sin más en la floración de unos sueños que inevitablemente se diluían en horizontes baldíos.
Tordo, que era el mayor de nosotros, (gordo y primario, con aliento a orina) siempre se arriesgó más que ningún otro, demasiado pusilánimes y cautos. Un día, llegó incluso a traspasar, como un falo, el himen ondeante de un visillo de aquellas ventanas cantoras para hurtar un algo de perfume traído entre las palmas de las manos y que ninguno comprendimos, pero que nos convirtió, por extraño sortilegio, en pequeños hombres enardecidos y soberbios. Aquel bello rumor sin sentido nos preñó de núbiles perversiones, de insensatos alborotos y de meditadas tropelías.
Luego, cuando la noche mancillaba las tardes y nuestros sentidos, volvíamos a paso lento a nuestros dominios proclamando nuestras alegres desdichas; y cada cual, en su ensimismamiento de sonámbulo, fantaseaba con la idea de caminar junto a Lucita de la mano, bordeando ríos y labios en la penumbra cómplice de las ruinas; o tumbado en la hierba junto a Dolores, la mayor de todas, que decía tener un novio militar en Cartagena y se le sospechaba poco virgen; o si no, con Matilde, que era huérfana y ansiaba cariño. O rozando la falda de Esperanza, la negra…
Trasnochados, regresábamos al final a nuestras estancias compartidas casi siempre por hermanos mayores que ignoraban nuestra turbación. Y una vez acostados, cada cual, a su antojo, aguardaba a que la casa quedase en silencio, para luego, sin pudor alguno, correr a las ventanas abiertas, y, desde allí, cara a la noche azul, descubrir nuestras vergas púrpuras y pubescentes, y, en medio de toda aquella incertidumbre, tocarnos con deleite y añoranza.
Las alegres y constantes masturbaciones de aquellos días nos contagiaron la desidia y el rechazo a lo banal. Nuestros ojos quedaron marcados por señales cegadoras, las bocas entreabiertas y las manos curtidas. Cuando llegó el último día de aquel verano infinito, pleno de atardecer, las ventanas se cerraron para siempre y con ellas el aroma celeste de sus voces.
De nosotros, hay poco que decir, ninguno llegó ni a jilguero ni a verderón. Tan sólo Eduardo, que siempre fue el mejor de todos, y que por lo poco que sé, cruzó la frontera y aún aspira a colibrí.
heme aquí héroes de pacotilla para incomodar vuestros sueños literarios...mi tarea será destruir vuestra faena, llegar a las entrañas de vuestro laboratorio y destruirlo...ja, ja, ja espero noticias vuestras y que comentéis mis escritos como yo comentaré los vuestros. saludos desde el infierno...
giorfreu, el maligno
